miércoles, 9 de diciembre de 2009

Los niños del tercer piso

Relato basado en un hecho real.

Eran las tres de la mañana nuevamente, y como en la noche anterior, el sonido de unos pies descalzos subiendo por las escaleras me impedía dormir. Ya lo sabía, igual que antes, eran ellos: y es que sucedería lo mismo que anoche, yo solo quería fusionarme contra la cama y quedar sorda para no tener que escuchar y que entonces como dominada por el misterio de lo que no se ve, pero se sabe que existe, tener que mirar y darme cuenta del horror que me acompañaba otra vez.

Por que al filo de la madrugada de anoche, cuando dormitaba después de un largo día de trabajo, con la puerta de metal abierta y el calido clima obligándome a dormir solamente con el mosquitero protegiendo la entrada, fue que escuche, primero como unos pies descalzos subían lentamente al tercer piso, donde estaba mi habitación, y aún entre sueños, escuche como se abría el mosquitero y se dejaba azotar otra vez.

No quise darle importancia, solamente despegue la cabeza de la almohada para ver si la rentera había tenido que entrar. Pero no había nadie, desde afuera se filtraba la luz de la calle, el canto de las cigarras y nada más. Volví a apoyar mi cabeza en la almohada dispuesta a dormir, pero entonces sucedió. Cuando cerré los ojos escuche claramente como "algo" golpeaba fuertemente el ropero que se encontraba en el otro lado de mi habitación. Desde afuera, el ladrido de los perros <podría jurar que eran todos los perros del pueblo> se dejó escuchar acompañado del viento nocturno. El miedo comenzó a apoderarse de mi y tome la sabana y me cubrí por completo, de nuevo el sonido de esos pies descalzos, gelatinosos, caminaron desde el ropero hasta el borde de mi cama, y una vez mas como en una carrera frenética, "eso" se abalanzó contra el ropero. Yo moría de miedo, habría deseado que el colchón me devorara y desaparecer, pero no era posible. Otra y otra vez más, esos pies corrían desde el borde de mi cama hasta chocar contra el ropero.
El sentimiento de temor y los golpes se asimilaban a cuando de niña quedé atrapada en el ático de mi abuela y sin éxito golpeando la puerta trataba de echarla abajo, temiendo después una paliza cuando mi abuela subiendo las escaleras con el cinturón en la mano castigaría la travesura inocente de haber querido esconderme en el ático viejo y polvoriento. Cuanto habría dado por cambiar este temor misterioso y oculto de no saber lo que sucede, por los golpes de cinturón sobre mi delicada piel infantil, por que de cualquier forma, después de que se descargaran sobre mí los latigazos de cuero de aquel grueso cinturón, en un lecho calido y con la piel hinchada, vendría la calma.

Pero no fue así, el pecho inquieto trataba de expulsar a través de la piel, a mi pobre corazón de horror latiente. Y de pronto se detuvieron los pasos después de chocar por última vez contra el ropero: caminaron despacio hasta el pie de mi cama y se detuvieron ahí. El silencio que duró por los próximos segundos para mi fue mucho mas que inquietante, pues aunque solo se escuchaban los sonidos de los insectos nocturnos desde afuera de la habitación, tenía la clara sensación de que "eso" se encontraba aún al pie de mi cama, mirándome. Casi podía percibir la sonrisa macabra y burlona ante mi temblorienta figura escondida tras las sabanas, como si sabanas y colchón fueran escudos ante esa diabólica presencia.

Entonces, el sentimiento de horror y el escalofrío cesaron. Lentamente y con los ojos bien abiertos fui descubriéndome el rostro, bajando la sabana con las manos y sin dejar de sentir pánico, salté de la cama y encendí la luz.

Esta vez la misma inquietante atmósfera comenzó a percibirse nuevamente al filo de las tres de la madrugada. Los pasos de unos pies descalzos subiendo las escaleras me alertaron sobre lo que iba a suceder otra vez. Tomé una vez más la sabana y me cubrí por completo, apreté entre mis manos la almohada con todas mis fuerzas y el mismo escalofriante sonido de una criatura invisible aventándose a sí misma contra el ropero no fue lo único que sucedió. El eco de unas canicas golpeando en la ventana y la risa o llanto de niños por toda la habitación hicieron que de mis ojos brotaran lagrimas de temor, se escuchaban muchos pies descalzos corriendo de un lado a otro, golpeando la ventana, la puerta, el ropero.

Recé… recuerdo también que los maldije en silencio por atormentarme, pero ni mis rezos ni mis maldiciones sirvieron de nada. De pronto al sonido seco del silencio, todo quedo en calma otra vez. Y el sentimiento de que aún había algo mirándome me trataba de obligar a destaparme y mirar. Mis manos querían deslizar la sabana sobre mi cara para finalmente ver lo que sea que fuere, de pie junto a mi cama. Yo suplicaba para no mirar, suplicaba para apretar los parpados pero no podía hacerlo. Algo trataba de dominarme, mi subconsciente o "eso". Entonces deslizando lentamente la sabana <y sin querer hacerlo> miré a mi alrededor y descubrí con terror lo que jamás olvidaré y que sin duda es la causa de mi locura. ¡¡Niños!! Niños casi transparentes, con la carne podrida, con los ojos secos. Niños alrededor de mi cama, mirándome con una sonrisa macabra, mientras uno de ellos, el que se encontraba al pie de la cama, subía su rodilla para apoyarla en el colchón y comenzar a subir en dirección a mí.

Mi boca se abrió para gritar, pero no pudo salir de mí ni un suspiro. Mi cuerpo inmóvil, paralizado no respondía a mi necesidad de salir huyendo de ahí. El teléfono entonces comenzó a sonar y provocó que saliera de ese inexplicable estado de parálisis. Grité con todas mis fuerzas y los niños desaparecieron.

No pude esperar a que amaneciera para salir de ese horrible lugar. Pero al bajar las escaleras de ese tercer piso, escuché el eco de esos niños jugando en la alcoba, y aún tengo pesadillas: entre sueños veo sus caras y escucho sus burlas hacia  mí.

1 comentario:

Chabe dijo...

HORRENDO, NO PUEDO DEJAR DE PENSAR QUE ME PASARÍA SI YO LLEGARA A VER ESE TIPO DE COSAS

QUE HORROR